22 de julio de 2009

Valiente Busqueda de la Felicidad

Los ataques de epilepsia son trastornos neurológicos que afectan las funciones cerebrales del ser humano. En el pasado los avances médicos sobre esta enfermedad eran pocos y los que la padecían llevaban una vida limitada. Hoy día gracias a los progresos clínicos, la epilepsia es una condición médica tratable y no es un obstáculo que les impida vivir plenamente a las personas que la padecen, y llevar una vida normal con el tratamiento adecuado.

La vida de Manuel Hernández estuvo marcada por una enfermedad, que lo condeno a no ser feliz por mucho tiempo, sus continuos ataques de epilepsia lo alejaron del mundo, pero él siempre fue valiente y pese a su enfermedad al final de su vida fue feliz.

Manuel Hernández nació el 31 de diciembre de 1960 en medio de las celebraciones navideñas de Trujillo, fue hijo de Martina Hernández, una muchacha de 20 años que apenas comenzaba la carrera de agronomía en la Universidad de los Andes cuando salió embarazada de Julio Briceño, quien la abandonó al saber que esperaba a un hijo de él.

Manuel nació en medio de cohetes, cañonazos y las lágrimas de su madre, fue el primer bebé del año en el hospital José Gregorio Hernández.

Tuvo una infancia tranquila y normal cuando estaba próximo a cumplir 10 años a Manuel le dio su primer ataque de epilepsia. Su mamá no sabia que hacer, no tenia idea de lo que le sucedía a su hijo, lo llevó al médico y le detectaron un trastorno neurológico crónico, desde ese día Manuel presentó ataques epilépticos por el resto de su vida.

Martina se dedicó en cuerpo y alma al cuidado de su hijo, pero cada vez los ataques eran más consecuentes, y el tratamiento más costoso. Visitaron a todos los médicos de la ciudad, algunos le daban esperanzas, otros prometían la cura, pero nada funcionaba, mientras tanto las crisis de epilepsia de Manuel afectaban directamente su inteligencia.

Para esa época los avances médicos no eran muchos en la enfermedad, y el tratamiento no era muy efectivo; fue muy difícil controlar la enfermedad.

A Manuel lo retiraron del colegio antes de que culminara el séptimo grado de educación básica, porque su rendimiento académico iba disminuyendo a medida que pasaba el tiempo.

También su madre decidió separarlo de sus amigos porque muchos de sus ataques de epilepsia ocurrieron en presencia de los niños, y de alguna forma ellos por miedo o ignorancia lo rechazaban.

La mañana del 20 de octubre de 1975, la suerte llegó a la casa de Martina y Manuel, ella compró un ticket de lotería y se sacó el premio mayor, con el dinero adquirió una casa y montó un negocio de frutas en el Mercado Municipal de Santa Rosa en Trujillo: el principal ayudante en el negocio era su hijo.

En el mercado apodaron a Manuel como “Liíto”, en ese lugar fue feliz, hizo muchas amistades que conocían su enfermedad, quienes lo apoyaban y admiraban, porque el joven que en esa época tenía apenas 16 años, hacía todas las labores del negocio, trabajaba desde que salía el sol hasta la tarde, mientras su madre cumplía las funciones de administración.

Los días transcurrían entre el negocio y la bella casa que tenían a dos cuadras del mercado, trabajaban los siete días de la semana y también los días feriados, eso les hizo ganar muchos clientes que preferían ir a comprar “a que liíto” en vez de cualquier otro negocio del mercado.

A mediados de 1980, Martina guardaba en secreto el padecimiento de cáncer de seno, hasta el día que el dolor fue tan insoportable que tuvo que decirles a sus vecinos que la llevaran al médico. Lamentablemente el cáncer estaba muy avanzado y no había posibilidades de cura.

Martina murió el 18 de enero de 1981, después de pasar seis meses en cama. Desde ese día Manuel se quedó solo, sin más familia que sus amigos del mercado. Siguió adelante con el trabajo y aprendió a controlar sus ataques de epilepsia. Estaba tan acostumbrado a ellos, que cuando sentía que iba a tener uno llamaba a alguno de sus compañeros para que lo ayudaran.

Pasó el tiempo y todo estaba igual desde la muerte de Martina, Manuel se levantaba a la misma hora todos los días, abría el negocio en la mañana y lo cerraba al atardecer, pero se sentía aún más solo de lo que se había sentido siempre, todos sus amigos se casaron, tuvieron hijos y otras responsabilidades, y ya no compartían tiempo con él.

Manuel se dio cuenta a sus 35 años, de que no había logrado tener una novia, casarse, y mucho menos hijos. Muchas de las jóvenes que a él le gustaban, lo rechazaron por sus continuos ataques de epilepsia, y aunque en ese tiempo ya habían disminuido gracias a un nuevo tratamiento, pero seguían siendo una constante en su vida.

Tantos rechazos y soledad, orillaron a Manuel a abandonar el negocio, gastar el dinero y refugiarse en el alcohol, él se sentía incompleto, solo, abandonado, desdichado. Atentó contra su vida varias veces, al principio se le lanzaba a los carros, pero siempre corría con la suerte de que lo esquivaran o frenaran rápidamente.

Sus amigos alarmados por la situación del joven lo internaron en el sanatorio “Mesa de Gallardo” en Trujillo, pero a los pocos meses de haber ingresado, volvió a atentar contra su vida, esta vez intentó ahorcarse con las sabanas, antes de que lograra su cometido unos enfermeros entraron a la habitación e impidieron el suicidio.

Lamentablemente la suerte de Manuel Hernández no cambió, años después cuando ya se había curado de la depresión, de los trastornos psicológicos que lo llevaron al borde de la muerte y había sido dado de alta del sanatorio mental, fue diagnosticado con leucemia mieloide crónica

Como Manuel no tenía familia, ni dinero después que le diagnosticaron leucemia, lo internaron en el Hospital Pedro Emilio Carrillo, en Valera, estado Trujillo, a la espera de un transplante de médula ósea.

Mientras estaba internado, conoció a Elena Morales, enfermera del Hospital. Primero se hicieron amigos, con el paso del tiempo novios. El le contaba toda su historia, mientras ella lo cuidaba y le daba amor.

Manuel le pidió matrimonio a Elena el 10 de marzo del 2000, cuando tenía 40 años, ella aceptó su propuesta e inmediatamente comenzaron a hacer los planes para la boda.

Tristemente el 10 de abril de 2000, exactamente un mes después de la propuesta de matrimonio y a pocos días de la boda con Elena, Manuel murió a causa de una severa complicación por un ataque de epilepsia.

Elena aún llora por el recuerdo de Manuel, cuando ve su vestido de novia en el clóset, pero se siente feliz porque ella fue la causa de la felicidad de una vida marcada por la tristeza, y da gracias a Dios, porque le permitió conocer al amor de su vida.